Túnicas, velas y decorados: la imagen del vidente de plató

En la radio basta con la voz. En la tele, un vidente tiene unos segundos para que el espectador sepa quién es antes de que diga nada, y eso explica buena parte de lo que se ha visto en pantalla.
Cualquiera que haya hecho zapping de noche en España en los años noventa o dos mil tiene en la cabeza una galería de imágenes. Ninguna es casual. Un personaje de televisión se construye, y los videntes lo entendieron pronto.
La ropa
La túnica es el ejemplo más claro. Ancha, larga, de colores fuertes o con brillos, separa al que la lleva del resto del plató: el presentador va de traje, los tertulianos de calle, y el vidente parece venir de otro sitio. Rappel hizo de ella su seña de identidad, junto con unas gafas que nunca pasaban desapercibidas.
El negro funciona de otra manera. Melena oscura, ojos muy maquillados, ropa negra: es la imagen de la bruja de los cuentos, y quien la adopta, como Aramís Fuster, la usa a sabiendas. Nadie se confunde de personaje.
Luego está la opción contraria, la de vestir de forma corriente. Una chaqueta, una blusa, nada llamativo. Es lo habitual en quien da el horóscopo o en los tarotistas de los programas de llamadas, donde lo que se busca es que el espectador se sienta escuchado, no deslumbrado.
Los objetos
La baraja encima de la mesa es casi obligatoria. Se ve bien en plano corto y el gesto de cortar y extender las cartas da movimiento a una imagen que, si no, sería una persona hablando.
Hay quien ha llevado otros objetos al plató. El caso más recordado es el de Paco Porras con sus frutas y verduras: una pieza de fruta o una verdura en la mano bastaba para que el público supiera quién era.
Velas, bolas de cristal, piedras, incienso. Aparecen mucho en los decorados de madrugada porque son baratos y se entienden al momento.
El decorado
Los programas de llamadas de madrugada solían tener un decorado pequeño y oscuro, con telas, luz cálida y algún símbolo esotérico al fondo. La idea era recrear una consulta, un sitio íntimo, en lugar de un plató.
En las tertulias pasaba lo contrario. El vidente se sentaba en la misma mesa que todos, con la misma luz blanca, y lo único que lo distinguía era su ropa y su forma de hablar. Por eso en ese formato triunfaban los personajes más marcados.
La voz y el gesto
Un tono pausado, mirada a cámara, frases cortas. Quien presentaba el horóscopo hablaba al espectador como a un conocido. En la tertulia, en cambio, ganaba el que levantaba la voz o el que tenía una frase que se repetía al día siguiente en el trabajo.
Nada de esto dice si una lectura era buena o mala. Habla de televisión, que tiene sus propias reglas, y de cómo unas cuantas personas supieron usarlas para hacerse un sitio en la memoria de mucha gente.